

Corría el año 1909.
En Buenos Aires, los adoquines comenzaban a recibir el estruendo de los primeros automóviles, pero todavía eran los carros tirados por caballos los que marcaban el ritmo cotidiano. En el mundo, la radio aún era una promesa científica y la aviación se debatía entre sueños y accidentes. La Argentina de la belle époque respiraba optimismo: inmigrantes llegaban con sus valijas llenas de nostalgia y ganas de hacer patria. El puerto bullía, el tango nacía en los arrabales, y el barrio de San Telmo, aún con ecos coloniales, comenzaba a transformarse con pulperías, almacenes y cafés que serían, con el tiempo, refugios del alma porteña.
Fue en ese escenario que nació un rincón especial frente al Parque Lezama, en la esquina de Brasil y Defensa: un almacén-bar llamado “La Estrella del Sur”, que con los años sería rebautizado por su impronta única y su espíritu simpático como “El Hipopótamo”.
Desde entonces, más de un siglo de historia quedó impregnado en nuestras paredes color sepia, en los pisos ajedrezados, en los vitrales y nuestra antigua caja registradora. Fuimos almacén de barrio, y después café,
Supimos resistir cierres y reaperturas, remodelaciones y regresos. Fuimos faro cuando San Telmo era niebla y abrazo cuando Buenos Aires necesitaba poesía.

Por nuestras mesas pasaron escritores, músicos, vecinos entrañables y soñadores sin apuro. Se cuenta que Tita Merello venía de joven a mirar el Parque Lezama, y que Ernesto Sábato —quien vivía a pocas cuadras— encontraba inspiración en su calma. Fotógrafos de todo el mundo, atraídos por su estética detenida en el tiempo, han capturado su espíritu. También se han filmado aquí películas como Las cosas del querer, inmortalizando su interior en escenas de nostalgia.
En los 90, la artista Ana Sala —quien lo gerenció durante años— defendió su esencia con uñas, café y corazón. Fue quien lo transformó en un lugar de resistencia estética: no a los frapuccinos, sí a los cortados servidos con jarrita y cucharita de mango largo. Gracias a su empuje, el Hipopótamo fue declarado Bar Notable en 2002 por el Gobierno de la Ciudad.
Hoy, aún renovado y gestionado por la familia Durán —que lo salvó del abandono y le devolvió el alma—, sigue ofreciendo picadas generosas, bife a caballo, ñoquis caseros, vermú tirado, y panqueques con dulce de leche. Pero más allá del menú, lo que ofrece es otra cosa: una manera de estar en el mundo.
Sentarse junto a la ventana, con el Parque Lezama enfrente, es detener el reloj. Es mirar pasar la vida mientras suena un tango bajo, mientras el mozo —que te conoce sin preguntarte el nombre— te sirve lo de siempre.
El Hipopótamo no es solo un bar: es parte del ADN emocional de Buenos Aires. Es una fotografía viva de lo que fuimos y de lo que, en lo profundo, aún somos: gente que se sienta a compartir un café, una charla, un poema. Es ese tipo de lugar donde uno entra por primera vez y siente que ya estuvo. Porque no es solo memoria, es presente con memoria.
Y así, desde 1909, entre tazas, encuentros, silencios y sidra tirada, El Hipopótamo sigue allí, en su esquina, esperando a que el próximo parroquiano se convierta en parte de su leyenda.
© 2025 HIPOPOTAMO